Escrito por Luis Adawi
El patrimonio es un conjunto de relaciones; de deberes y derechos entre individuos y objetos. Así, cuando pensemos en el éxito de un tratamiento de conservación, debemos implicar a las personas pero, sobre todo, a los vínculos que estas establecen con las colecciones.
El deterioro de nuestro patrimonio no comienza en la materia, sino en la falta de gestión y su desconexión social. Aunque hace dos décadas el mundo académico dio un giro hacia una nueva teoría de la conservación, hoy la praxis sigue atrapada en una visión ‘objetocentrista’ y puramente estética. Es momento de trascender la exclusiva habilidad técnica para consolidar una metodología capaz de activar los significados del patrimonio, transformándolo en un recurso sostenible con múltiples posibilidades de beneficio para nuestro país.
1. El espejismo de la restauración
Todavía hoy, el éxito de nuestro trabajo se mide por la capacidad de ‘hacer desaparecer’ el tiempo, o en nuestro contexto, ‘maquillarlo’. En el cotidiano, la demanda se reduce a lo cosmético: eliminar una mancha de grasa en una porcelana, devolver el color a una pintura o corregir el barniz de una escultura. Esta visión tradicional entiende la materialidad como un fin en sí mismo, donde la intervención busca un resultado estético que, a menudo, ignora el significado del vínculo con las personas y la propia biografía del objeto.
Incluso la llamada conservación preventiva, que debería ser sistémica, termina recayendo una vez más en lo estrictamente tangible. Nos obsesionamos con el control del entorno físico, pero bajo un enfoque que fragmenta lo cultural: protegemos el cuerpo del objeto, pero descuidamos sus significados. Al anular la narrativa y la línea de tiempo de las colecciones, eliminamos toda opción de conocer, interpretar y valorar nuestro legado. El patrimonio no es solo materia; es un conjunto de relaciones entre personas y objetos (si nos enfocamos en el patrimonio material).
Esta reducción de la problemática no es inofensiva. Al priorizar la apariencia sobre la gestión de valores, convertimos al patrimonio en artefactos inertes; en fetiches, privándolos de las múltiples dimensiones que los convierten, precisamente, en memoria viva. Es aquí donde la restauración se vuelve un espejismo, en la medida en que nos hace creer que las colecciones están a salvo porque ‘las vemos bien’, mientras su capacidad de aportar a nuestro conocimiento e identidad continúa siendo nula. Si no trabajamos en la construcción de valores y significados que dan razón y justifican la preservación de colecciones no las estamos conservando; solo estamos interviniendo lo relativo al gusto, dejando de lado otro tipo de valores que las personas asocian con el patrimonio.
2.Hacia un método propio centrado en el sujeto
La teoría contemporánea de la conservación destaca, ante todo, la construcción de un método propio. Aunque parezca un dislate, no es hasta entrado el presente siglo cuando logramos rastrear un corpus procedimental que no reduzca la actuación a la intervención directa sobre la materia. Esta metodología resulta pionera al integrar etapas previas que permiten definir el objetivo del tratamiento mediante el diseño de estrategias para la identificación y gestión de valores y personas. En concreto, se desplaza el foco hacia la dimensión intangible y, sobre todo, hacia los grupos de interés (stakeholders): individuos o colectivos cuya relación con el patrimonio puede verse afectada, positiva o negativamente, por nuestra intervención.
Esta inclusión de los grupos de interés no es un gesto de cortesía, sino una necesidad ética y técnica. Al reconocer que el patrimonio existe solo en la medida en que alguien lo valora, el conservador deja de ser un técnico aislado para convertirse en un mediador. El éxito de la intervención ya no se mide únicamente por la estabilidad material de los objetos, sino por la capacidad del método para fortalecer el vínculo entre la colección y su comunidad, garantizando así que el esfuerzo de preservación sea socialmente sostenible a largo plazo. Este enfoque nos obliga a preguntarnos: ¿estamos ante una mutación temporal de la profesión o ante su grado absoluto de madurez? Al desplazar el eje hacia la gestión de valores, surge el temor de que el conservador abandone casi por completo su habilidad manual o pericia técnica. Sin embargo, no se trata de sustituir la química por la psicología, sino de subordinar la técnica a un propósito social mayor.
Para que esta metodología sea viable y no se quede en una declaración de intenciones académica, es necesario abordar dos frentes críticos:
- Las currículas universitarias deben evolucionar. No podemos continuar formando solo técnicos para limpiezas o restituciones que, al mismo tiempo, resultan huérfanos en métodos de documentación, interpretación y difusión. El conservador del siglo XXI necesita conocer técnicas y herramientas desde las ciencias y las humanidades que le permitan dialogar con las comunidades y sus expectativas con la misma precisión con la que coloca un injerto o aplica un consolidante.
- El marco regulatorio y la gestión pública. El Estado juega un papel fundamental; mientras las licitaciones sigan premiando únicamente el «metrado de limpieza» o el mantenimiento de barnices, la carga simbólica seguirá siendo ignorada. Es urgente que los términos de referencia exijan metodologías que trasciendan la intervención directa y garanticen una real «puesta en valor», donde la identificación, análisis y gestión de significados sea el objetivo central. Bajo esta premisa, la conservación deja de ser un gasto estético para convertirse en un eje de cohesión comunitaria y una inversión estratégica en el desarrollo social.
En última instancia, el desafío no es solo metodológico, sino ético. Seguir reduciendo la conservación a una cuestión de gusto o de pericia manual es condenar nuestras colecciones al olvido bajo un acabado superficial o ilusorio que no “devuelve” o activa culturalmente el patrimonio. Si aspiramos a una disciplina que realmente impacte en el desarrollo social, debemos aceptar que nuestra responsabilidad termina en la materia, pero comienza en las personas. El cambio de paradigma ya ocurrió en la teoría; ahora nos toca a nosotros, desde las aulas y las instituciones, convertir ese ‘espejismo’ en una praxis real que garantice que el patrimonio sea, finalmente, un instrumento de las personas para las personas.
